EVOLUCIÓN Y DESCARTE NATURAL

Fragmento de mi libro Sigma

Al ser humano le importa más un pájaro que una rata.

Más un perro que un pájaro.

Más un ser humano que un perro.

Y, por supuesto, más la muerte de un familiar que la muerte de un millón de desconocidos al otro lado del planeta.

Es una realidad incómoda.

Pero es real.

La mayoría de nosotros sabemos, consciente o inconscientemente, que no todas las vidas tienen el mismo valor para nosotros.

Y si seguimos descendiendo en esa escala, descubrimos algo aún más interesante:

Para la mayoría de las personas, sus propios hijos son más importantes que ellas mismas.

¿Por qué?

Porque nuestros hijos son los portadores de nuestros genes.

Representan la continuidad de nuestra línea biológica.

Contienen parte de nosotros y parte de la persona que elegimos para reproducirnos.

Además, vivirán más tiempo que nosotros.

Por eso, desde la perspectiva de la supervivencia biológica, nuestros hijos son una inversión más valiosa que nuestra propia existencia.

La mente racional puede discutirlo.

La mente animal ya tomó una decisión hace miles de años.

Ahora bien, existe una idea muy popular en el mundo moderno:

Que todas las personas son iguales.

Que todas las vidas tienen exactamente el mismo valor.

Que debemos colocar a la humanidad entera por encima de nuestros propios intereses, nuestra familia y nuestra tribu.

Suena noble.

Suena moral.

Pero rara vez coincide con la forma en que los seres humanos realmente funcionan.

El hombre moderno ha sido educado para pensar primero en conceptos abstractos:

La sociedad.

La humanidad.

El mundo.

Mientras descuida aquello para lo que fue diseñado biológicamente:

Su supervivencia.

Su familia.

Su descendencia.

Su tribu.

Quizá por eso tantas personas sienten un conflicto interno permanente.

Porque intentan vivir según ideales que chocan con impulsos profundamente arraigados.

Recuperar cierta conexión con nuestros instintos básicos no significa volvernos salvajes.

Significa comprender quiénes somos.

Comprender que debajo de toda la educación, la cultura y la tecnología sigue existiendo un cerebro diseñado para dos tareas fundamentales:

Sobrevivir.

Reproducirse.

Y aquí aparece una observación curiosa.

Las poblaciones más educadas, sofisticadas e intelectualizadas suelen reproducirse menos.

Mientras que quienes viven más conectados a impulsos básicos de supervivencia y familia suelen reproducirse más.

No porque sean mejores.

No porque sean peores.

Simplemente porque responden a prioridades distintas.

Al final, la historia rara vez pertenece a quien se considera moralmente superior.

La historia pertenece a quien logra adaptarse.

A quien desarrolla características que favorecen la supervivencia.

A quien consigue reproducirse.

Y, en niveles más avanzados, a quien domina las dinámicas de poder, estatus e influencia social.

Porque la meta-supervivencia también existe.

Y adopta muchas formas.

En conclusión:

Muchas veces la pregunta no es quién es mejor.

La pregunta es quién está construyendo un futuro que continuará existiendo cuando él ya no esté aquí.

ESTE FUÉ UN FRAGMENTO DE MI LIBRO SIGMA


Un abrazo

Tu hermano mayor

Iván Barca